
Durante las últimas campañas, producir maíz fue, ante todo, un ejercicio de administración del riesgo. La incertidumbre climática, el aumento del costo de los insumos, la volatilidad económica y el avance del spiroplasma en regiones no acostumbradas a la enfermedad llevaron a muchos productores a adoptar planteos más conservadores. El objetivo pasó a ser asegurar un resultado razonable antes que perseguir el máximo rendimiento.
La campaña que comienza ofrece un escenario diferente. Los perfiles de humedad llegan bien recargados en buena parte de la región agrícola y los pronósticos de un año El Niño auguran nuevos aportes de agua. Además, la baja en el precio de la urea – tras la fuerte suba con el inicio de la guerra en Medio Oriente- mejora la relación entre inversión y resultado económico. A eso se suma una menor superficie de trigo, lo que abre una nueva oportunidad para el maíz, especialmente en la región central, donde el cultivo puede contribuir a sostener la participación de gramíneas en la rotación y el aporte de carbono al sistema.
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Nada de esto elimina los riesgos. Los precios seguirán dependiendo de variables globales y en el norte continuarán presentes desafíos sanitarios como el spiroplasma o la mancha blanca. Pero sí cambia una pregunta de fondo: ¿es momento de volver a producir pensando en capturar el máximo potencial de cada lote? La diferencia entre un planteo defensivo y uno ofensivo no pasa simplemente por invertir más, sino por hacerlo mejor.
Paso a paso
El primer paso sigue siendo conocer el ambiente. Hoy existen mapas de rendimiento, imágenes satelitales y herramientas de agricultura digital que permiten identificar con bastante precisión qué sectores del lote tienen capacidad para responder a un manejo más intensivo. Sin esa información, muchas decisiones siguen tomándose sobre promedios que terminan ocultando una enorme variabilidad dentro del mismo campo.
La densidad es un buen ejemplo. Todavía hay productores que mantienen la misma cantidad de plantas en todos los ambientes o repiten la receta de campañas anteriores. Sin embargo, ajustar la población según el potencial de rendimiento de cada lote suele ser una de las decisiones con mayor impacto económico.
Sembrar de más implica desperdiciar semilla; sembrar de menos significa resignar kilos. En este punto, las empresas semilleras contamos con años de información sobre el comportamiento de cada híbrido en distintos ambientes. En nuestro caso, ese conocimiento se traduce en Semilla Plantada, un sistema de recomendación que define la densidad óptima para cada ambiente dentro de un mismo lote según su potencial, permitiendo ajustar la población de plantas “metro a metro” para maximizar la respuesta del cultivo.
Lo mismo ocurre con la nutrición. Durante años, el costo del nitrógeno obligó a extremar la cautela. Hoy, con buenas reservas de agua para el inicio, y proyecciones de nuevos aportes durante la evolución del cultivo, limitar la fertilización para reducir costos puede transformarse en una decisión más cara que aplicar algunos kilos adicionales. Cuando el ambiente acompaña, el maíz devuelve esa inversión en forma de rendimiento.
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Otro cambio importante pasa por dejar de pensar en materiales “para todo”. La elección del híbrido debe responder al ambiente, la fecha de siembra y el objetivo productivo. En los lotes de mayor potencial, por ejemplo, una estrategia ofensiva puede combinar siembras tempranas, mayor densidad y una nutrición acorde para maximizar la producción e incluso adelantar la cosecha y aprovechar mejores oportunidades comerciales.
La buena noticia es que muchas de estas herramientas ya están disponibles. La agricultura digital, la información generada por los programas de mejoramiento y los ensayos permiten ajustar el manejo con un nivel de precisión impensado tiempo atrás. El desafío ya no es acceder a la tecnología, sino utilizarla para reducir la brecha entre el rendimiento potencial y el realmente obtenido. Esa brecha todavía existe. En numerosos ensayos es posible alcanzar rendimientos en torno a los 190/200 quintales por hectárea, mientras que muchos lotes comerciales de muy buen nivel se ubican alrededor de los 150 quintales. La diferencia no responde únicamente a la genética ni al clima. En gran medida, refleja decisiones de manejo.
La próxima campaña no garantiza cosechas récord, pero sí parece ofrecer algo que hacía tiempo no aparecía con tanta claridad: un contexto que vuelve a premiar las buenas decisiones agronómicas, poniendo el rendimiento en el centro de la estrategia.
El autor es gerente de Agronomía de Stine
Fuente: La Nación


