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9 octubre 2026, 8:49 am
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El legado de Ray Bradbury en la era de las notificaciones

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En su relato titulado «El asesino», que forma parte de Las doradas manzanas del sol publicado en 1952, Ray Bradbury presenta la historia de Albert Brock, un hombre internado en un psiquiátrico debido a su incapacidad para soportar la constante saturación de estímulos a los que se enfrenta. El protagonista no puede tolerar el televisor, la radio, las llamadas telefónicas ni las notificaciones de su reloj.

Lo irónico es que, hoy en día, en 2026, lo que atormenta a Brock parece insignificante en comparación con el bombardeo de notificaciones que recibimos a través de nuestros teléfonos móviles, las interminables conversaciones en grupos de WhatsApp y las interacciones en redes sociales como Instagram y TikTok. Además de esto, las aplicaciones de salud nos recuerdan constantemente cuándo debemos movernos, sumando a la presión diaria de la tecnología.

El cuento de Bradbury se centra en un momento crítico de Brock, quien, abrumado por esta sobrecarga sensorial, decide comprar una pistola y disparar a la televisión y a varios intercomunicadores domésticos que le hablaban, un paralelismo contemporáneo a dispositivos como Alexa. En su viaje en colectivo, se siente frustrado al escuchar música clásica, cuando su único deseo es disfrutar de un poco de silencio.

Este escenario se complica aún más en la actualidad, donde los pasajeros de un colectivo se ven obligados a escuchar música de otros sin el uso de auriculares, creando un ambiente de incomodidad. A menudo se dice que en un diario dominical hay más información que la que un rey podía recibir en toda su vida durante la Edad Media; hoy, la avalancha de información y estímulos es abrumadora, y el scroll infinito es el nuevo estándar.

El protagonista del cuento expresa su frustración al psiquiatra: «Han ido demasiado lejos», dice, refiriéndose a la creencia de que más música y contacto social es siempre mejor. Su queja resuena con la experiencia moderna de muchos, quienes se sienten constantemente bombardeados por estímulos similares multiplicados por mil.

En una reciente visita a un sanatorio, se hizo evidente que incluso en lugares donde se esperaría tranquilidad, como una sala de espera, la calma está ausente. Un hombre a mi lado reproducía un programa cómico a todo volumen, mientras que otro recibía constantes notificaciones de WhatsApp. Esta falta de espacios libres de distracciones son una realidad cotidiana, y la habilidad de mantener la tranquilidad mental se convierte en un desafío constante en la era de la información.

Fuente: La Nación

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