Lorenzo debía hacer una hora de tiempo antes de pasar a buscar a su hijo por la clase de dibujo. No podía beber porque, según le avisara su esposa, quizás debiera pasar luego a buscar también a su hija por un cumpleaños. De todos modos se metió en el bar. Al menos dónde sentarse, observar el caminar de la gente.

Ese bar le gustaba. Se prohibió nuevamente el alcohol: al día siguiente su suegro le ofrecería el puesto. No quería aparecer con cara de resaca. Las mujeres ganaban atractivo en la penumbra. La música, por una vez, no era estruendosa. Un hombre bebía un líquido amarillo acodado en la barra: ¿sería whisky? El vaso parecía más grande que el cliente. La poca luz reflejada en el vidrio con el líquido dorado proyectaba un aura espectral en el rostro del hombre; quizás por eso Lorenzo se lo quedó mirando. Pero no, había algo más.

Algún rasgo, un gesto… Una reminiscencia. De haber bebido, se hubiera levantado mucho antes. Pero incluso sobrio, no pudo sufrir la duda. Se acercó y le preguntó si se conocían de algún lado. El sujeto, de su misma edad, lo miró por detrás de las brumas del alcohol: no estaba borracho, pero sí entonado. Le puso la mano en el hombro a Lorenzo y soltó: – Pero claro, Lorenzo. Soy Ristini. Del primario Pasco, ¿te acordás?.

Lorenzo se sintió menos estable que su recién recuperado compañero de grado. Quizás un whisky le hubiera hecho menos intempestivo ese reencuentro: su memoria se nubló con una emoción injustificada.

– Ristini, cierto. ¿Vivís por acá?

– No exactamente -exhaló Ristini-. Te vas a reír: vivo en un circo. Trabajo en un circo, pero también vivo ahí: en un carromato.

– ¿Un circo? ¡Increíble! ¿Cuándo actúan?

– Pasado mañana hacemos una función en el Parque Lezama. ¿Tenés pibes?

– Dos.

Ristini se puso de pie. No era mucho más alto que la banqueta en la que estaba sentado. Con cierta dificultad -todos sus movimientos eran un poco trabados- sacó cuatro rectángulos de papel satinado de su bolsillo trasero.

– Tomá -le dijo-.

– ¡Gracias, Ristini! -pero se sintió culpable ignorando si podría asistir-. ¿Y vos qué hacés en el show?

El rostro de Ristini tornó a fatalmente serio. Miró su vaso, tomó otro trago y explicó: – Hasta ahora, tiraba un triple salto mortal, con otra trapecista. Pero pasado mañana es mi primer salto sin red.

Hizo un silencio, impostó una sonrisa, y agregó: -Estoy tomando para darme valor.

Lorenzo lo escudriñó tratando de descifrar si hablaba en broma. Pero las cuatro entradas eran indiscutibles.

– ¿Pensás que corrés peligro? -preguntó sin saber qué tono usaba.

– De muerte -replicó Ristini impasible.

– ¿Y por qué lo hacés? -Lorenzo miró el reloj.

– Firmé un contrato. Si no lo hago, no puedo seguir y tengo que devolver algo de dinero. Desde que entré a la troupe, sabía que llegaría el día del salto sin red.

– Me tengo que ir -dijo sinceramente Lorenzo-. Pero quiso suavizar su huida con una promesa: – Nos vemos pasado mañana.

Cuando finalmente llegó a su hogar, excitado por las mujeres en la penumbra y ese extraño reencuentro, su señora dormía. Los chicos afortunadamente también se fueron a dormir sin más trámite. Pero Lorenzo no podía conciliar el sueño. La imagen de Ristini se le aparecía integralmente: un pequeño compañero desapercibido. Sin amigos, sin reconocimiento, sin novia. No era que lo maltrataran: pero lo ninguneaban.

Lorenzo recordaba no haberlo invitado para uno de sus cumpleaños. No lo elegían para el equipo de fútbol. No recordaba a sus padres ni su entorno, porque nunca había visitado su casa. Llegaba y se marchaba solo del colegio. Y ahora, pensó Lorenzo, se quiere matar. Dios me lo puso en el camino: algo debo hacer para salvarlo. ¿Pero cómo?

No habían intercambiado teléfonos. Era una idiotez buscarlo en la guía: ya le había dicho que vivía en un carromato. ¿Quizás apersonarse en el Parque Lezama? ¿Cuándo? ¿Y si no acampaban ahí? Irónicamente, pese a que se había cuidado de beber para preservar la expresión facial, llegó a la reunión con el suegro con el rostro percudido por el insomnio. Pero la decisión ya estaba tomada: le asignaron el puesto.

Por más que Ristini hubiera estado efectivamente en su carromato en el Parque Lezama, Lorenzo no tuvo un minuto en el resto del día para pasar a persuadirlo. ¿Pero no exageraba al asumir como un martirio un acto que quizás fuera una mera elección laboral? ¿De dónde sacaba que Ristini había sido tan infeliz como en aquellos siete años de primario? Sin embargo, no podía dejar de percibirlo solo, desesperado, y dispuesto a todo, paradójicamente por falta de opciones.

Llegó el día del show. El hijo aceptó gustoso la invitación; la chica, a regañadientes. Malena, cansada, no quiso asistir. Lorenzo decidió que si veía en el rostro de Ristini una duda, un llamado, se levantaría de la butaca y le gritaría que no lo hiciera. Estaba preparado.

La función comenzó con los payasos. Luego vinieron los tigres, los elefantes, los leones. Un bailarín ruso. Una acróbata y contorsionista que le produjo cierta incomodidad frente a sus hijos. Entonces el presentador anunció el salto mortal. Lorenzo se crispó. Como un cazador, con la adrenalina corriéndole por las venas, se dispuso a interrumpir el sacrificio inútil.

Pero los hechos se antepusieron a su voluntad. Ristini apareció en la soga, volando como un ángel bíblico, sin alas pero con su escasa estatura oculta por la majestuosidad de la performance. Le dio la mano a una trapecista que venía en sentido contrario, bellísima y del doble de su tamaño. Se abrazaron en el aire de las alturas, como en un rito sexual vestidos. Ya nada los sostenía: flotaban (si se podía llamar flotar al tiempo que lleva una caída del cielo al piso). Levitaban apenas por debajo del techo de lona de la gigantesca carpa, sin arnés ni resguardo, a una distancia inhumana de la superficie de tierra apisonada y arena.

El estropicio de un desliz era inimaginable. Pero el público no podía sino cavilar al respecto. La soga rozó el dedo de Ristini y la perdió. Su brazo era demasiado corto y excesivo el peso de la trapecista. Por un instante, cada uno de los presentes dejó de respirar, y distinguieron el silencio total del anterior, que incluía el leve intercambio de oxígeno, entrando y saliendo como dióxido de cada cuerpo en vilo. Era otra soga la que valía, y Ristini la anudó a la cintura de su colega: contrapeso perfecto.

Deshicieron la figura y regresaron como pájaros a sus pilares. Sanos y salvos. El aplauso fue atronador. Bajaron con graciosos movimientos simiescos, y se dejaron admirar en la pista. Hubo vivas, chiflidos de celebración, más aplausos. Se retiraron.

La plenitud de la sonrisa de Ristini, Lorenzo no la había atestiguado nunca antes en rostro alguno. No era necesario acercarse a saludarlo al terminar la función. Llevó a los chicos a cenar a un restaurant, aunque Malena se lo había prohibido.

Llegaron tarde a la casa, los acostó; Malena dormía. Había dejado el auto abajo en vez de estacionarlo. Se subió al auto y recordó una pensión, muy decente, por la que había pasado tantas veces camino al trabajo. Para una noche estaba bien. Volvió a ver el abrazo en el aire de Ristini y la trapecista. Ni siquiera preguntó cuánto valía la noche, pagó y pasó. En la habitación, se preguntó cómo explicaría su partida a Malena: si con una carta o por teléfono.

WD

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